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Joven, delgada & frágil

Joven, delgada & frágil

¿De dónde vienen nuestros patrones de belleza? 

¿Por qué aceptamos ciertas ideas de la belleza de la mujer como correctas y otras no ?

¿Qué nos hace ser bellas?

Si observamos cómo son las mujeres que vemos en los medios de comunicación y en la publicidad, normalmente podemos identificar un marcado patrón de belleza femenino. Este por lo general muestra en diversos rostros a una mujer de una altura mayor a la media, delgada, con un rostro siempre joven como si los años no pasaran, de tez blanca, cabellos claros, y con pechos que desafían la gravedad.

¿De dónde viene esto? y ¿Cuántas mujeres en el mundo lucen realmente así, como para que este sea el patrón estándar de belleza?. Podríamos decir que las mujeres de países nórdicos pueden presentar en su mayoría algunos de estos rasgos, pero no así las mujeres provenientes de algunos países de Europa, Medio Oriente, África, India y América Latina, por mencionar algunas.

En la historia del mundo, distintos tipos de belleza han sido apreciados y perseguidos. En África  y Medio Oriente, por ejemplo, la gordura y la grandeza del cuerpo ha sido altamente valorada, donde las mujeres jóvenes buscan ganar peso para entrar en estos cánones de belleza.

Asimismo, en ciertas tribus provenientes de estas regiones,  la figura masculina ha sido interpretada como sinónimo de la belleza, lo que contrasta con visiones occidentales donde es la figura femenina el sinónimo y catalizador de “lo bello”.

Sin embargo, en sociedades contemporáneas como la nuestra respondemos a patrones muy diferentes, los cuales están alejados de la diversidad étnica, cultural y social que habita en nuestros territorios geográficos y corporales.

Los patrones de belleza y lo que se establece como bello en la cultura mainstream -o cultura convencional- permea directamente a los imaginarios de lo que dicha cultura considera como deseable y erótico, estableciendo qué cuerpos son capaces y válidos de incentivar deseos sexuales; por lo tanto, desde los imaginarios socio-culturales se establece la pretensión de que la belleza es un garante inequívoco de sexualidad y de continuidad reproductiva.  A pesar de ello, si consideramos teorías de  continuidad de la especie, se puede decir que hombres y mujeres se relacionan sexo-afectivamente por atracción sexual con todo tipo de personas, sin importar el color de piel , la forma del cuerpo o la altura. Una especie que busca reproducirse y mantenerse viva va más allá de los patrones de belleza, ya que estos al ser inestables y dinámicos no aseguran la continuidad de la especie.

Al contrario, la neurociencia de la reproducción demuestra que por lo general la atracción sexo-afectiva con fines reproductivos se da natural e inconscientemente hacia cuerpos más voluptuosos, ya que como sabemos, un cuerpo de revista producido por una significante baja de peso,  como hoy es exigido en el mundo del modelaje, puede producir complicaciones en la salud sobretodo si va de la mano con transtornos alimenticios, lo que trae como consecencia que la menstruacion sea alterada o detenida, produciendo problemas de infertilidad, ya que es en la capa de grasa subcutánea uno de los lugares donde se regulan las hormonas que suben el libido y soportan la reproducción.

La industria de la belleza establece y expande su poderío, donde las mencionadas complicaciones a la salud permiten que se desarrolle una estrecha relación entre dicho sector y la medicina. Así la “industria de la infertilidad”, se establece como un prolífico nicho económico dentro del área de la salud sexual y reproductiva, atendiendo a las consecuencias producidas por  la industria de la belleza. Dónde se ha demostrado un crecimiento en esta área  significativo  en los últimos años.

En base a esto, surge el cuestionamiento ¿por qué tenemos estos patrones de belleza, siendo que estos ni siquiera nos proporcionan salud, vida o bienestar?

Los cánones de belleza de ultra delgadez que se proponen actualmente en distintos medios comunicativos y publicitarios, están constantemente enviándonos el mensaje de alcanzar y mantener un peso menor, o bien de que nuestro cuerpo en orden de ser “bello” debe cumplir con cierto patrón de belleza hegemónico. Esto atenta contra la diversidad corporal de la que nuestra sociedad naturalmente se compone, pues para muchos de nosotros, simplemente no está dentro de nuestra anatomía el  poder cumplir con los cánones impuestos, haciéndonos pensar -y  finalmente creer- que hay algo que está errado en nosotros, promoviendo formas de presión que nos llevan a querer cambiarnos, sustentando a través de ello a la gran industria económica de la belleza.

En esta misma línea, dichos cánones promueven un tipo de piel que no permite arrugas ni manchas. Constantemente podemos observar cómo las publicidades de cremas para mujeres adultas sobre los 60 o 70 años muestran pieles ficticias, tersas y sin rasgos del paso del tiempo, esto llega a ser irreal y nuevamente produce en el inconsciente la sensación de que “hay algo que arreglar“. 

Por otra parte, y en vista de lo que hemos reflexionado hasta ahora, podemos establecer que los patrones de belleza se vinculan no sólo con el sector económico, sino que también con macro y micro estructuras o sistemas de opresión tales como el patriarcado, el adultocentrismo y el racismo. Éste último se evidencia en las imágenes que nos bombardean diariamente sobre lo que es considerado válidamente “bello”, pues éstas parecen no dar cabida a tonos o colores de piel fuera de lo blanco.

La industria de la belleza como arma contra el empoderamiento femenino

Si revisamos la historia,  podemos ver que durante los siglos XVI y XVII, las mujeres con curvas -caderas grandes y cuerpos más voluptuosos- eran celebradas. Esto se debe a que el canon asociaba dicha voluptuosidad a la fertilidad, y por ende, a la capacidad de parir-criar hijos sanos y fuertes.

Cuando pasamos al siglo XIX, con el surgimiento de la primera ola feminista, las mujeres estaban tomando fuerza, logrando hacer avances por la reivindicación de derechos laborales, estudiantiles y de sufragio. Sin embargo la publicidad de la época que buscaba desestabilizar los movimientos feministas, principalmente los sufragistas, retrataba a la mujeres que se adscriben a estas causas como mujeres “feas”, infelices, brujas, solteronas que atentaban contra todos los valores morales tradicionales y que buscaban destruir a la familia como ente central de la sociedad al “descuidar” las labores de cuidado. Es justo después de este momento histórico,  que observamos un cambio significativo en los ideales y cánones de belleza, pues la imagen femenina de “lo bello” comenzó a ser manipulada para verse más delgada, más frágil, con menos fuerza. En ese sentido, los imaginarios de belleza a través del establecimiento de patrones y cánones funcionan como herramienta de corrección de la conducta.

En el siglo XX, se reafirmó la idea del cuerpo ideal y se establecieron en conjunto con la industria de la moda nuevos modelos de belleza y estética idealizada. Con la llegada de la Segunda Guerra mundial y la alta afluencia de población masculina hacia territorios que se encontraban en conflicto, se incentivó la participación e inserción femenina en el área laboral. En ese sentido, el énfasis de la “belleza femenina” en este periodo se evocó a realzar la aptitudes de fuerza e inteligencia que permitían la óptima inserción laboral femenina, sin embargo, se exigía implícitamente la mantención de una imagen atractiva, una silueta delgada pero curvilínea y fuerte, siempre arreglada; mujeres capaces de mantener su imagen mientras se dedicaban al trabajo en grandes industrias y oficinas, que a la vez fueran capaces de seguir realizando labores de crianza y cuidado. 

A partir de los años 50, se establece con mayor fuerza el ideal de la perfecta ama de casa a través de fuertes campañas publicitarias, éstas establecen como trasfondo un retorno de la mujer a enfocarse en el trabajo doméstico, frenando la alta participación de la figura femenina en la sociedad y este impulso emancipador que se había abierto paso con los movimientos de la primera ola feminista. Podemos ver la aparición de mujeres obsesionadas por la limpieza del hogar, casas perfectas, familias perfectas y mujeres complacientes. Patrones estéticos que responden a  una  vida plastificada y perfecta en apariencia.

Con estas campañas publicitarias se logra mantener a las mujeres preocupadas y obsesionadas por los quehaceres de la casa, proyectando a una mujer feliz y realizada mientras se mantenga realizando trabajos no remunerados del hogar -crianza, aseo, economía doméstica, administración y organización del hogar-.

A pesar de que se establece un arquetipo de la mujer ama de casa dedicada y atenta, al igual que en la época de guerra, se esperaba que dichas mujeres atendieran su imagen y mantuvieran una estética conforme a los cánones. En este período surgen figuras como la de las chicas “Pin Up” mujeres curvilíneas, atractivas, blancas, siempre maquilladas realizando actividades diarias mientras se ven provocativas y hermosas. Asimismo, vemos figuras como la de  Marylin Monroe como referente máximo de la belleza en esta época, algo que se podría contraponer con la imagen actual ya que si en su época era considerado como el estándar ideal, ahora sería considerada como una mujer de talle grande -o “L”-.

En los años 60, aparece como icono la mujer más reconocida en la historia del modelaje,  la famosa Twiggy. Una mujer con una delgadez que antes no había sido mostrada en el mundo de la moda y en la industria de la belleza, con aires adolescentes y frágiles.  Con ella, se instaura un nuevo patrón de modelos sin caderas, sin pechos, piernas muy delgadas  y con pocas curvas. A partir de este hito, la idea de “Dieta ” comienza a ser un nuevo tema en las revistas y medios de comunicación.

La palabra celulitis aparece por primera vez en la revista Vogue de 1968, donde comenzaron a  retratar como un problema la forma natural de acumular grasas, algo que se presenta en el 90 % de las mujeres. Este fue el primer artículo de 3 páginas  sobre el “problema” que las mujeres aún no eran conscientes.

Entre la década del 60 y el 70,  se desarrollaron diversos conflictos sociales y políticos que marcaron a toda una generación. A raíz de esto surgen diversos movimientos que se posicionan como alternativas de resistencia. Son esas mismas generaciones las que a través de estas propuestas transformadoras, desafían a las estructuras, dando pie al surgimiento y potenciación de movimientos tan conocidos “hippies”  y “new age” los cuales abren también la posibilidad de un impulso de liberación espiritual.

A pesar de esto, las prácticas al interior de la industria de la belleza continuaron y se agudizaron, a través de la publicidad los imaginarios sobre la belleza buscaban seguir proyectando el epítome alcanzado con Twiggy. Los medios de comunicación y la industria de la belleza buscaron mantener  ocupadas  a las masas, especialmente a las mujeres, en algo tan trivial como la obsesión por la estética, que nos quita energía en vez de darnos poder, que nos suprime, inseguriza, y debilita.

Fue una “neurosis moderna” implantada en las mujeres, la que empezó a extenderse como una epidemia, lenta y silenciosa sin que nos demos cuenta de la verdadera fuerza y de la larga batalla que tendríamos que dar para liberarnos de estos nuevos ideales de belleza que en muchas ocasiones nos llevaron a odiar nuestro cuerpo.

Entonces, si día a día, de forma casi imperceptible,  todo lo que vemos y entendemos como  social y culturalmente correcto, aceptado y bello, corresponde a estos ideales, nuestras acciones , pensamientos y conductas comienzan a ser modificadas con el fin de encajar y pertenecer.

Este problema se permea a las nuevas generaciones, donde las niñas van asumiendo con naturalidad su condición de mujeres objetos, donde hay cosas arreglar, cambiar o modificar para encajar y “ser merecedoras”. Desde pequeñas comenzamos con esta batalla y guerra con nosotras mismas, por alcanzar estos ideales impuestos, que rara vez los cuestionamos, y día a día entregamos poder y energía a esta batalla de la cual la única forma sana de salir victoriosa es renunciando a la batalla en sí misma. Entender de que estamos resistiendo a las ideas impuestas, pero no por eso ya somos libres de ellas, que es un camino diario de re significar lo que significa la belleza, NUESTRA belleza.

Entender que estamos en medio de esta transición, y que este lugar de transito lo habitamos con resiliencia.

La autora Naomi Wolf, en su libro “El mito de la belleza: cómo se utilizan las imágenes de la belleza contra las mujeres ” (1990) explica que hay algo oculto en esta industria de belleza, que hacen que cosas tan triviales tomen tanta importancia. El aspecto físico ( no la salud física ) acapara horas del día en el pensamiento de las mujeres, pasamos mucho tiempo prestando excesiva atención a los “defectos” de nuestro cuerpo, rostro, pelo y piel. Wolf apunta  a que por detrás hay una intención de despistarnos, insegurizarnos y debilitarnos. Al lograr que estas cosas triviales tomen nuestra fuerza y tiempo, se obstaculiza el poder movernos hacia el crecimiento, la libertad y  el empoderamiento. Wolf postula que es una forma sutil de mantenernos suprimidas, inseguras y controladas.

Los cánones estéticos de belleza han sido impuestos a costa de riesgos para nuestras vidas, donde muchos de los tratamientos para adelgazar, las operaciones estéticas y cirugías plásticas pueden ser o presentar un riesgo para nuestra salud.

El  seguir estos patrones de belleza ciegamente, sin cuestionamientos y debido a la presión social, nos aleja de nuestro propio poder, del reconocimiento de nuestra belleza natural y real, y nos lleva a perseguir una belleza plástica, vacía y ficticia, en busca de una ” perfección” que no es posible ( además de costosa en tiempo y dinero)  lo que nos lleva a un constantemente  lugar de inseguridad, insatisfacción  y de poco valor propio.

Otra absurda tentativa es la  idea de la eterna juventud, donde la industria de la belleza apunta a que una mujer de 50 o 60 años debe lucir joven, con la piel estirada y con el mínimo de arrugas posible, sin manchas, promocionando  cremas ” anti-age” para evitar los efectos de la naturaleza. Pero, ¿Por qué no es celebrada la vejez? 

El trasfondo de la vejez es convertirse en mujeres más sabias, más poderosas, más  libres, dueñas de su propia energía. La industria anula esa simple idea, porque no le interesa ni sirve si estamos contentas con nosotras mismas, llenas de seguridad y confianza. Y una forma de inseguridad inculcada a las mujeres adultas por la industria de la belleza, además del peso y las formas del cuerpo,  es no honrando la vejez, ofreciendo cirugías y tratamientos carísimos e invasivos, que sostengan la idea de la  eterna juventud. Esto va de la mano con la idea adultocentrista de que la edad plena de desarrollo y felicidad del ser humano es la juventud, donde la infancia y la vejez son vistas como etapas desechables, etapas que no están a servicio directo de las estructuras económicas, y que por lo tanto, atentan contra los principios de producción y reproducción del sistema.

Querer ir en contra de nuestras corporalidades y de procesos naturales, es lo que termina por agotarnos, y donde la mujer adulta, consumida por la inseguridad e inconformismo, es silenciada. ¿Pero, no son las voces de las mujeres mayores y sabias las que más necesitamos escuchar y honrar? La vejez es el momento de máximo poder de una mujer,  que ha llegado a su plenitud y que ha recorrido una vida. Es el momento donde se encarna la  mujer matriarca, poderosa, sabia y abuela.

 ¿Entonces, por qué nos quieren siempre jóvenes?

Estas son tendencias impulsadas por los medios de comunicación, la industria de la moda y la cosmética, que producen imágenes e ideales para una economía de consumo donde se generan parámetros inalcanzables, donde empeñas tu vida ( y tu poder personal)  por una obsesión con el físico, un terror a envejecer y el constante miedo a no ser aceptada ni adecuada.

¿Cuántas horas del día pasas pensando en tu apariencia física? 

95% de las mujeres dice que la imagen física afecta a su seguridad personal.

81% de las mujeres trata de acercarse a los cánones de revistas y publicidad.

75% dice que se critica en algo cuando se mira al espejo.

84% no tienen la silueta que le gustaría .

75 % le gustaría una silueta  un poco mas delgada

70% piensa al menos 3 veces al día en su apariencia física.

” En una sociedad que lucra con tu inseguridad, gustarte es un acto revolucionario”

En conclusión, ¿qué nos dejan estos ideales impuestos y que están lejos de nuestra realidad?:

Falta de  aceptación personal, la idea arraigada de que nunca estás completa, de que nunca serás suficientemente bella, ni joven y a medida que tu vida avanza necesita más cosas para “arreglarnos” ¿Acaso estamos rotas?.

Esto no quita la posibilidad de embellecernos, o hacernos los cambios y modificaciones  de todas las formas que queramos, siempre que estos sean realizados desde la libertad, que respondan al deseo genuino de auto expresión de nuestra alma, de autenticidad  e identidad. 

Entonces nos podríamos hacer estas preguntas:

-¿Por qué me estoy haciendo modificaciones?

-¿Es para encajar en un prototipo y estereotipo impuesto de belleza, que no tienen nada que ver con mis deseos genuinos? 

-¿Estoy siendo víctima de sutiles manipulaciones? ¿O es el deseo de hacer alguna modificación estética a mi apariencia responde a una opción artística y original que aporta autenticidad, e identidad a mi ser y que está alineado con los llamados de mi alma?.

-¿Mi autoestima y amor propio dependen de modificaciones y embellecimiento? Sin estas modificaciones, ¿se ve afectada mi autoestima?. 

-¿Me valoro y me acepto tal cual como soy, y el embellecimiento es una expresión libre de mi ser, o soy dependiente y esclava de mi imagen para sentirme bien conmigo mismo?

Embellecernos desde un sentimiento profundo de la expresión de la energía femenina , no tiene que ver con la búsqueda de una belleza superficial sino con la expresión verdadera y auténtica del Ser.

Antiguas tribus se embellecen a través del arte, vestimentas coloridas hechas manualmente por ellos donde la simbología de los patrones textiles y ornamentales son imágenes relacionadas a la madre tierra, el cielo y su cosmovisión en general. En India, ocupan para embellecer las joyas, donde su fin es llevar la mirada a esa parte del cuerpo para apreciar su belleza natural. Por ejemplo, las muñecas y manos de la mujer son consideradas hermosas y bellas, por lo que las llenan de pulseras para resaltar esta parte del cuerpo. También, usan peinados con flores, piedras preciosas y metales,  enalteciendo el pelo y su belleza natural. En momentos especiales, como rituales o ceremonias, usan pinturas corporales  donde se celebra con  arte, el Ser y la existencia, se celebra el uno con la naturaleza y el tener un cuerpo, el cual se comprende como divino.

En la cultura védica, es conocida la palabra “Sundaram”,  la cual es utilizada para mencionar aquella belleza natural que emana del alma y que desde ahí se proyecta al plano físico .

La belleza es un perfume que emerge de la expresión sincera  y espontánea del Ser. Esta fragancia que puede ser sentida y experienciada, no es más que un reflejo y una capacidad colectiva de poder reconocer esa belleza del alma.

La belleza desde el punto vista de oriente tiene que ver con una sensación subjetiva, instintiva,  natural y espontánea. Se habla de una “experiencia de belleza”, la cual nos evoca a las virtudes más elevadas del alma, se habla de la belleza como una forma de experienciar lo divino. Más allá de un patrón simplista, que se reduce a la comprensión y aceptación de solo una corporalidad, que nos reduce como seres e impone límites. El verdadero sentido de belleza nos regala inspiración y libertad para llevar la belleza de nuestro ser más allá de lo corpóreo, nos brinda la autonomía y la posibilidad de ser nosotras mismas plenamente, más allá de los sistemas de opresión, llevándonos a lugares de auténtica expresión de nuestra alma.

” La belleza es una fragancia del alma que nos regala inspiración y libertad. La libertad de ser quien tu decidas y desees” 

                                                          Giselle Kattan Lolas

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